Introducción
Hoy debo comenzar nuevamente mi propósito de escribir un libro sobre mis vivencias a lo largo de estos 54 años. Es una idea que venía madurando desde hace mucho tiempo pero que por los trajines de mis compromisos nunca pude organizar y muchas veces perdí los papeles donde tenía algunos apuntes. Quiero hablar sobre el por qué he escrito este libro. Indudablemente estoy muy agradecido con mis padres por haberme traído al mundo y más que todo, por la época en que lo hicieron. Sé que no estoy descubriendo el agua tibia (que me hubiera gustado descubrirla) pero hay muchos detalles, cosas aparentemente triviales que si nos fijamos un poco, nos ponen a pensar. Por ejemplo: que chévere es cepillarse los dientes después de cada comida o antes de salir a la cita ¡Oh! ¡Qué frescura! En mi infancia nos cepillábamos con tallitos de limón. Cortábamos una ramita, le masticábamos la punta hasta hacerla una brochita y listo. Eso nos lo enseñó mi papá.
Si alguna vez alguien, además de mis familiares, lee estas “parrafadas”, no piense que las escribí el siglo antepasado, no, yo soy modelo 48. Lo que pasa es que nací en el momento más fulgurante de la humanidad (pienso yo) Y no solamente eso, sino, por el lugar donde lo hice, las partes donde he vivido, las cosas que he hecho y he visto. Porque un neoyorquino o un bogotano de mi época habrá visto cosas más extraordinarias, pero ¿Sabrá que si le rasca la barriga a una puerca, esta se echa mansamente a sus pies? ¿Sabrá que si le rasca el lomo a una burra con un palito, ella se menea como bailando el hula hula? ¿Cómo que eso para qué? ¡Pues para irla domesticando!
Muchas personas de mi época nunca salieron de su pueblo y no vieron ni supieron de muchas cosas que sucedían ¿Cuántas de ellas morirían sin saber que el hombre pisó la luna? Yo he tenido la fortuna de vivir y dar testimonio de esos dos mundos, el del campo y el de la tecnología, por eso he escrito este libro y lo he dividido en dos partes, así: en la primera parte hablaré sobre los adelantos tecnológicos que yo he visto y la segunda parte será sobre mi vida.
Capítulo uno
LOS ADELANTOS TECNOLÓGICOS.
La Radio.
El primer radio que yo vi fue uno que llevó mi papá a la casa, marca Grunding de fabricación alemana y de tubos. De él tengo dos recuerdos bien guardados. Uno, que a pesar de la poca potencia de salida -hoy lo sé, unos 5 vatios- mi hermano Eduardo y mi hermana Eira se las ingeniaban con frecuencia para organizar bailes con sus compañeros de estudio y del barrio. La sala se llenaba, unas ocho parejas a pesar del poco volumen. El otro recuerdo se refiere a mi primer contacto con la electricidad. Al radio se le partió la pita (el dial) y para cambiar de emisoras le metíamos la mano por detrás para mover el variable, el que sintoniza las emisoras. Un día metí mi mano confiadamente y ¡tenga! La patada más grande del mundo; caí contra la pared, el brazo me ardía y no sé en qué momento se me engordó tanto la lengua porque sentía que no me cabía en la boca; no pensaba en nada ni veía nada a pesar de que tenía los ojos abiertos. Y pensar que después de esta experiencia estudié electrónica.
Ya trabajando en electrónica conocí muchos radios a tubos en el almacén y taller del señor Eduardo Marchena, en Barranquilla, donde trabajaba arreglándolos; marcas prestigiosas como la alemana Hallykrafter, Aercraf y Telefunken; RCA Víctor, Philips, Punto azul y otras. Estos radios eran multibandas (onda local y onda corta) y muy buenos. En ese entonces estaba muy de moda la onda corta, que cubría un ancho de banda de unos 22 Mega hertz, va desde 2.7 hasta 22 Mhz. Los receptores eran de muy buena calidad, los más sofisticados repartían esta banda en varias sub-bandas: 2, 3, 4, 5 y hasta 7 bandas menores. Entre más bandas más selectividad y mejor era la recepción. Y de verdad que esto era necesario. La onda corta era más que toda noticiosa, la noticia o suceso al instante, en vivo y en directo. Debido a su frecuencia y con una potencia moderada iba más allá de las fronteras. De día era difícil la recepción, cuando no nula, pero en la noche era fuerte y clara.
Yo fui un adicto radioescucha de la onda corta. Tenía un radio portátil, Sanyo Transcontinental, de cuatro bandas con muy buena recepción. De manera que a las 6 o 7 de la noche ya estaba escuchando radio. Sintonizaba en español Radio Hannover y La Voz de Colonia en Alemania, Radio Ámsterdam en Holanda, La voz del Vaticano en Roma, La BBC de Londres, Radio Moscú, La Voz de los EU, Radio Habana Cuba; muchas emisoras de Venezuela, y de nuestro país: Radio Catatumbo, Emisora Nuevo Mundo, Radio Continental. Emisora Sinú de Montería, Radio Majagual de Sincelejo, Emisoras Fuentes de Cartagena, Radio Reloj y Emisora Atlántico de Barranquilla, Radio Guatapurí en Valledupar, RPC de Lorica, Radio Barají de Sahagún, Emisoras Variadades de Barranquilla, Radio Sutatenza, Radio Miramar de Cartagena, La Voz de Cúcuta, etc.
Las emisoras del exterior, sobretodo de Europa, eran muy felices si uno les escribía y les decía que los escuchaba en tal frecuencia y a tal hora. En agradecimiento a ese reporte de sintonía enviaban banderines y postales. Por supuesto, estos programas eran en español y para Latinoamérica. Fue así como me enteré del triunfo Sandinista y el derrocamiento del dictador Somoza en Nicaragua, de la crisis de los misiles en Cuba, comentarios de las peleas de Rodrigo Valdés con Benny Briscoe y Carlos Monzón en Mónaco, de las peleas de Pambelé con Nicolino Loche en Venezuela y muchas otras noticias.
Un problema en la recepción de onda corta era la guerra de frecuencias entre USA y Cuba. Si uno de ellos transmitía en una frecuencia el otro le colocaba una transmisión en la misma frecuencia y con la misma potencia o más. Por lo que el radioescucha tenía dificultad para sintonizar la emisora. Esto sucedía porque cada país es autónomo en adjudicar frecuencias de trabajo. La BBC también transmitía en varias frecuencias.
Conocí varios radios a tubos muy pero muy antiguos, por ejemplo, un RCA Víctor de 1.929, cuando esta empresa era inglesa, después pasó a USA. Lo arreglé y quedé muy impresionado por lo bien que recibía la onda corta; la banda local no funcionaba bien porque los tubos estaban agotados y ya no existían reemplazos. Yo lo reparé 50 años después. Era de un amigo llamado Guido Votto, su papá lo trajo de Europa. No quiso regalármelo ni vendérmelo, me hubiera gustado mucho tenerlo, porque para ellos no era más que un radio normal.
En esa época todas las cosas eran buenas. Las fábricas hacían sus productos bien hechos para ganarse el mercado y después para sostenerse. Recuerdo marcas como Philips y las gringas RCA, General Electric, Philco, Sylvania, Westinghouse. No había incursionado todavía la industria japonesa.
Conocí varios radios a tubos muy pero muy antiguos, por ejemplo, un RCA Víctor de 1.929, cuando esta empresa era inglesa, después pasó a USA. Lo arreglé y quedé muy impresionado por lo bien que recibía la onda corta; la banda local no funcionaba bien porque los tubos estaban agotados y ya no existían reemplazos. Yo lo reparé 50 años después. Era de un amigo llamado Guido Votto, su papá lo trajo de Europa. No quiso regalármelo ni vendérmelo, me hubiera gustado mucho tenerlo, porque para ellos no era más que un radio normal.
En esa época todas las cosas eran buenas. Las fábricas hacían sus productos bien hechos para ganarse el mercado y después para sostenerse. Recuerdo marcas como Philips y las gringas RCA, General Electric, Philco, Sylvania, Westinghouse. No había incursionado todavía la industria japonesa.
Por allá en 1967 empezaron a popularizarse en Barranquilla los primeros radios a transistores y coincidió con dos hechos que marcaron hito en la historia radial de Barranquilla: la reaparición de su famoso equipo Junior y un pintoresco personaje de radio, el señor Edgar Perea.
Un comerciante de gran visión empezó a rifar todos los días un radio transistor a pilas. La boleta era muy barata y jugaba a las doce del día en el atrio de la iglesia de San Nicolás. El afortunado ganador, generalmente un vendedor ambulante, salía corriendo y orgulloso de su radio, lo colocaba a todo volumen sobre el tanque del “piñazo” o del “patillazo” y sintonizaba el programa deportivo del “negro” Perea. La gente se aglomeraba y el vendedor se sonreía y frotaba las manos, tanto por su suerte en la rifa como por las ventas que hacía ¡Imagínese! El calor, el tumulto y un programa tan largo y tan polémico, era seguro que el oyente se “metía” por lo menos un piñazo o un patillazo. Ese programa fue el que inició los programas deportivos kilométricos. Siempre había una pelea y si no, se la inventaba Perea, se decía por el Paseo de Bolívar.
La entrada del radio transistor fue arrolladora, tanto que las fábricas de tubos cerraron la producción. Aquí sucedió un fenómeno curioso. La industria gringa dejó de producir aparatos electrónicos para el hogar, porque la mano de obra se había encarecido mucho, se comentaba. Entró la industria japonesa e inundó el mercado latino (y creo que el mundial) de aparatos de estado sólido (transistores), pero bajo la primicia de: más barato, no tan durables pero todo mundo podía comprarlo.
Las emisoras transmitían en AM (amplitud modulada) en la banda local MW (onda media). Cuando vivía en Montería sólo había dos emisoras allá: Radio Cordobesa y Emisora Sinú. Era poca la programación de estas emisoras, casi todo el día estaban en cadena con las emisoras de Bogotá. Ahí escuchábamos programas de noticias como “El repórter Esso”, de humor como “Hemeterio y Felipe, los Tolimenses”, la “Escuelita de doña Rita”, Heber Castro “el hombre de las mil voces”.
Cuando vine a Barranquilla quedé impresionado con la modalidad de la radio. Recuerdo las emisoras de entonces: Radio Libertad, Emisoras Unidas, la Voz de Barranquilla, Radio Reloj, Emisora Atlántico, Radio Tropical, La Voz de la Patria, Radio Olímpica, Radio Universal, Radio Minuto y otras que en el momento no recuerdo. Muchas de estas emisoras todavía existen, otras cambiaron sus nombres o se fusionaron y algunas desaparecieron. Cada una con su estilo, eso sí, todas independientes y con criterio propio.
Radio Libertad siempre fue la emisora para el campo, porque era la más potente y llegaba más lejos. Era hasta agradable escuchar: “se le avisa a fulano de tal, en tal parte, que tenga lista las bestias en el portón que zutano llega mañana”. Me gustaba mucho oír a Emisoras Unidas los viernes y sábados por la noche, pues colocaban full música popular. De La Voz de Barranquilla me gustaba su eslogan “por la Gigante Voz de Barranquilla”; el eslogan de “Emisora Atlántico, la espectacular”, con una buena programación de música de toda época y la hora, buenas noticias y programas deportivos. Sigue igual hasta el presente. Radio Reloj, la emisora de los portuarios. Un estilo de programación musical con la hora exacta todo el día como la anterior, pero con un mensaje que durante mucho tiempo me intrigó: “el terminal marítimo informa que necesita tantos elevadoristas, tantos supervisores, tantos aguateros”. Yo pensaba: aquí si hay trabajo para todo mundo ¿Será que los contratan por día nada más, será que el trabajo es muy duro o es que ahí va una parranda de flojos? Porque todos los días están llamando gente. La Voz de la Patria era una emisora especial. Su eslogan era cierto: “la del Sonido Perfecto”. Su programación también era muy buena. Tenía el programa deportivo que se ha constituido como el más viejo del mundo: Comentando los Deportes con Chelo De Castro C. Todavía existe, aunque en otra emisora y en FM. Pero no ha cambiado ni el presentador ni el locutor de las cuñas, ni “seguiremos mini comentando”. En el radio teatro de esta emisora se hacían unos programas de precarnaval espectaculares. Su programa los domingos en la noche donde presentaban aficionados al canto era sensacional.
Radio Minuto tenía su estilo de música todo el día y la hora precisa después de cada disco.
Pero lo que destacó a la radio barranquillera haciendo de ella algo único en todo el país (a mi modesto modo de verlo) fue la rivalidad profesional (si así se me permite) entre Radio Olímpica de la familia Char y Radio Universal de la familia Navarro. Rivalidad en el mejor sentido de la palabra. Los programas al aire libre de cada emisora eran sensacionales y en precarnaval sí que botaban la pelota. Surgieron locutores de muy buena calidad, versátiles, de un carisma especial y de tremenda popularidad. La fanaticada de cada emisora dividía la ciudad.
Fue tan grande el apogeo de la radio barranquillera en farándula, deporte, periodismo, variedades y hasta dirección y administración radial, que del interior del país empezaron a llevárselos. Para Medellín, para Bogotá, para Cali y hasta para USA. Pero todo eso se acabó. El AM prácticamente murió y al pasar a FM todo ese andamiaje humano del AM no se renovó tan significativamente.
Algunos han muerto: don marcos Pérez Caicedo, Don Fabio Poveda Márquez; Otros están retirados por la edad como don Gustavo Castillo García; algunos metidos en política como don Edgar Perea; Otros emigraron, como don Roger Araujo; algunos con exilio voluntario como don Abel González Chávez y otros ilustres como don Mike Schmullson y don Julio Blanch, todavía vigentes. Muchas, muchas personas ilustres hicieron de la radio barranquillera sencillamente grande.
Por eso me entristece ver como todo eso se acabó. Llegó la FM (frecuencia modulada) y su sonido espectacular para convertirse prácticamente en un molino de música sin son ni ton, que no diferencia entre un lunes en la mañana y un viernes o sábado en la tarde. Hoy escucha usted la AM a las 3 o 4 de la mañana, por ejemplo, y hay 50 programas sobre religión, sobre brujería, curanderos, cartomancia, etc. Todos esos programas del interior del
país se adueñaron de la radio barranquillera. Le mandamos gente de radio y ellos nos quitaron la radio. Ya no escuchamos aquellos hermosos eslóganes que ya comenté, las emisoras de Barranquilla hasta perdieron sus nombres, ahora se identifican por el nombre del pulpo nacional que las “encadenó”. Y yo me pregunto: ¿Dónde están los cientos de graduados como comunicadores sociales de una decena de facultades en las últimas tres décadas?
Después del radio portátil a transistor vino la radiograbadora: radio de AM (MW y SW) y FM, con reproductor de cinta.
Después del radio portátil a transistor vino la radiograbadora: radio de AM (MW y SW) y FM, con reproductor de cinta.
La Televisión.
Cuando empecé a reparar televisores estos eran a blanco y negro. Lo más comunes eran de 12, 20 y 24 pulgadas. Realmente en esa generación de TV todas las marcas eran buenas, aunque el Philips era un caso especial (como así lo han sido los aparatos electrónicos de esta marca) Tener un TV Philips era estar “enhuesado” en cualquier momento, no por el aparato en sí sino por la política de esa empresa; sus repuestos eran exclusivos y pocos almacenes los vendían y muy caros comparados con los mismos repuestos de otras marcas. Sus componentes se sulfataban muy rápidamente en nuestro medio y el TV se volvió muy problemático, hasta tal punto que la mayoría de los técnicos empezaron a sacarle el cuerpo a la reparación de ellos. Se le reparaba cambiando el elemento malo, pero resultaba que todos los demás estaban a punto de dañarse, así comenzaba una cadena de daños en garantía que fastidiaban tanto al dueño como al técnico. De manera que las agencias de servicio Philips acaparaban los servicios, solo que ellos cobraban 10 o 15 veces más de lo que cobraba el técnico independiente ¿Por qué lo hacían? Pues sencillamente ellos bajaban todos los elementos propensos a sulfato, como condensadores y resistores.
Supuestamente este era un negocio redondo, pero no, los clientes tampoco querían pagar tanto por el servicio. Así que esta compañía trató de corregir el impasse llamando a los técnicos para darles seminarios sobre sus aparatos, publicaron manuales y en sus centros de servicios vendían repuestos al público. Aquel eslogan de “tarde o temprano su radio será un Philips” no funcionó para el TV,
aunque hay que reconocer que la imagen de estos aparatos era muy buena.
La Zenith era una marca muy popular y de confianza, quien tenía un TV Zenith estaba muy bien de TV. Esta marca no solo tenía una calidad de imagen impresionante sino que internamente sus componentes eran confiables y muy duraderos. Además de Zenith, otras marcas gringas eran: RCA, Philco, Motorola, Westinghouse y
General Electric, que llegaron a nuestro medio y seguían esa línea de aparatos americanos: buenos y durables.
Entre las marcas japonesas estaba la Sanyo, con una calidad de imagen como una fotografía, la mejor en mi concepto. Otras como la Toshiba y la Sharp tenían ensambladoras en el país.
Entre las marcas japonesas estaba la Sanyo, con una calidad de imagen como una fotografía, la mejor en mi concepto. Otras como la Toshiba y la Sharp tenían ensambladoras en el país.
En la administración del doctor Julio César Turbay Ayala (1.979) se inauguró en Colombia la TV en colores. Pero ya en Barranquilla, y gracias al boom marimbero, había aparatos de TV color en uso. Recuerdo que los técnicos desajustábamos algunos controles para dejar la pantalla con un tono fijo para que así los vecinos supieran que ahí tenían TV color.
Con la llegada del TV color sucedió algo curioso, todas esas marcas famosas en blanco y negro fracasaron en color: la Zenith, RCA, Motorola y General Electric, jamás alcanzaron la misma calidad anterior, para colmo esas marcas gringas no tenían repuestos en nuestro medio y el sulfato y la humedad acababan rápidamente con ellos. La Sanyo siguió igual y empezaron a llegar marcas japonesas que se harían muy famosas, por ejemplo la Sony, que se hizo sinónimo de calidad en TV. Por esos años empezó a entrar la videograbadora y la Sony acaparó el mercado, no sólo el nuestro sino mundialmente, con su Betamax que también se hizo sinónimo de videograbadora. Nunca supe de un producto que se arraigara tanto en el gusto del público. Cuando empezó a llegar el VHS (sistema anterior al Beta, pero extrañamente olvidado) le fue sencillamente difícil desplazar al Beta. Para desgracia del VHS su existencia fue efímera porque llegó la TV satelital primero y enseguida la TV por cable y tanto Beta como VHS fueron sepultados.
Con la llegada del TV color sucedió algo curioso, todas esas marcas famosas en blanco y negro fracasaron en color: la Zenith, RCA, Motorola y General Electric, jamás alcanzaron la misma calidad anterior, para colmo esas marcas gringas no tenían repuestos en nuestro medio y el sulfato y la humedad acababan rápidamente con ellos. La Sanyo siguió igual y empezaron a llegar marcas japonesas que se harían muy famosas, por ejemplo la Sony, que se hizo sinónimo de calidad en TV. Por esos años empezó a entrar la videograbadora y la Sony acaparó el mercado, no sólo el nuestro sino mundialmente, con su Betamax que también se hizo sinónimo de videograbadora. Nunca supe de un producto que se arraigara tanto en el gusto del público. Cuando empezó a llegar el VHS (sistema anterior al Beta, pero extrañamente olvidado) le fue sencillamente difícil desplazar al Beta. Para desgracia del VHS su existencia fue efímera porque llegó la TV satelital primero y enseguida la TV por cable y tanto Beta como VHS fueron sepultados.
Beta, y todo lo relacionado con ella, fue un negocio impresionante. Todo aquel que tenía unos pesos de más o recibía una cesantía o algo así, enseguida abría una tienda de alquiler de películas de Betamax. En cada cuadra había una o dos tiendas. Para un viernes en la tarde usted veía salir un cliente de estas tiendas con una sonrisa de oreja a oreja y un saco con diez o quince películas para el fin de semana. Así estaríamos de hartos del centralismo de la TV nacional. ¡Ni qué decir para una Semana Santa, había que apartarlas desde el Miércoles de Cenizas!
Pero así de impresionante y estruendoso fue la caída de este imperio comercial. Tampoco nunca antes había visto derrumbarse un negocio tan abruptamente.
Quiero referirme aquí a la TV nacional, me refiero a los programas y programadoras. Nunca han creado nada y para tener unos 40 años de existencia podemos decir que es mala. En Bogotá nunca han pensado en hacer plata explotando la televisión con calidad y variedad, sino explotar a la tele audiencia de la manera más vil: a la fuerza, aplicando aquello de que “al que no quiere caldo le dan dos tazas”.
Cuando empezamos a ver televisión por satélite con las famosas “parabólicas” nos dimos cuenta como nos engañaban y que veíamos programas muy viejos (sobre todo en variedades) y ellos nos lo hacían ver como realizaciones de ellos.
Colombia es el único país del mundo que se da el lujo de tener una TV estéreo (entiéndase dos canales iguales, como los equipos de sonido) Esto de los canales enfrentados es lo más absurdo e intolerable. Programas aparentemente diferentes pero con los mismos argumentos, noticieros milimétricamente paralelos, espacios comerciales con las mismas propagandas que se inician al mismo tiempo, programas deportivos tan exactos que aún en diferido los goles son simultáneos. Entonces pregunto: ¿Puede haber creatividad así, ayuda esto en algo para mejorar nuestra TV? ¿Es justo que el padre, o la madre, porque fue famoso quieran imponer a su hijo?
Colombia es el único país del mundo que se da el lujo de tener una TV estéreo (entiéndase dos canales iguales, como los equipos de sonido) Esto de los canales enfrentados es lo más absurdo e intolerable. Programas aparentemente diferentes pero con los mismos argumentos, noticieros milimétricamente paralelos, espacios comerciales con las mismas propagandas que se inician al mismo tiempo, programas deportivos tan exactos que aún en diferido los goles son simultáneos. Entonces pregunto: ¿Puede haber creatividad así, ayuda esto en algo para mejorar nuestra TV? ¿Es justo que el padre, o la madre, porque fue famoso quieran imponer a su hijo?
Si hay algo que destacar en nuestra TV son las telenovelas, que generalmente son muy buenas, puesto que se apartaron de esos patrones mexicanos, venezolanos y argentinos: mucho llanto, el pobre que resulta ser el rico al final y viceversa, el ciego que al final ve, el loco que recobra la cordura y el cuerdo malo que se vuelve loco, el amnésico que después recuerda todo, etc.
El problema de nuestras telenovelas es que son interesantes hasta tres o cuatro meses (momentos en que deberían terminarse), porque después comienzan a divagar agarrándose de cuantos acontecimientos del momento ocurren hasta llevar al televidente al fastidio.
Pero esto de la TV nacional tiene mucho de qué hablar. Por ejemplo, en la costa y en especial en Barranquilla, protestábamos por el centralismo de nuestra TV. Una miserable película la dividían en tres o cuatro domingos, los deportes que a ellos no les gusta no lo pasan. Para ellos es más importante una competencia de tracto mulas en Tocancipá que una final de la serie mundial de béisbol, es mejor que el país vea el polvorín del campeonato de fútbol del barrio Olaya en Bogotá que una pelea por el título mundial. En fin, nos tenían o nos tienen fritos y hartos. Pero ¡Válgame Dios! Llegó Telecaribe y Barranquilla hizo lo mismo que Bogotá.
El Traganíquel.
Este aparato me remonta a mi niñez. Recuerdo que en una esquina de la plaza grande de Montería había una cantina que parece no cerraba nunca. Ahí fue donde lo vi por primera vez. Posteriormente, ya adolescente y con el pretexto de vender lotería, entraba a algunas cantinas y me acercaba al traganíquel ¡vaya nombrecito! Mucha curiosidad me causaba tantos palitos que se movían, la forma como un brazo mecánico colocaba y retiraba el disco. Lo que nunca he podido saber es por qué ese aparato estaba siempre en una cantina, nunca lo vi en una casa de familia. Parecía un extraterrestre y se veían muy robustos.
Recuerdos a muchas mujeres y hombres también, llorando sobre él.
El último que vi está o estaba en la esquina de la calle 30 con carrera 24 aquí en Barranquilla. Había desaparecido y resurgió modernizado, ahora reproduce discos compactos.
El tocadiscos y la cinta.
El tocadiscos nació acompañando a los radios que, de radios de mesa, pasaron a radiolas por el solo hecho de traer tocadiscos incorporado.
Les contaré una anécdota: en una ocasión fui a casa de un cliente que en ese momento era gerente de la empresa Coolechera, para arreglarle la radiola que hacía poco había comprado. Después de hacerlo me ha preguntado qué opinión me merecía su radiola. Le pregunté cuánto le había costado y me contestó que $27.000. Le aclaré entonces la cuestión. Es muy grande y bonita (medía como dos metros de largo y como 80 centímetros de alto y ocupaba casi media sala) pero el radio es el mismo que vale $3.000, los parlantes
valen cada uno como $800. Ese es el mismo radio de mesa en una caja más grande.
El tocadiscos evolucionó mucho, aunque el modelo inicial duró mucho tiempo en el mercado. Tenía un motor de dos polos (una bobina) para 110 voltios, tres velocidades: 78, 45 y 33 RPM; el acople entre el motor y el plato giratorio se hacía por medio de una polea de caucho que terminaba desgastándose o solidificándose, afectando la velocidad de reproducción. El cambio de velocidad para diferentes discos se hacía a través del eje del motor que terminaba en una torre con tres secciones con diámetros diferentes, la cual también se desgastaba. Como el motor tenía una sola bobina, el eje hacía un torque (giro) muy brusco ocasionando un zumbido en el sonido.
Posteriormente llegó el tocadiscos “garra” (Garrard), marca gringa que tuvo mucha acogida, sobre todo entre picoteros. Este tocadiscos traía un motor de dos bobinas (cuatro polos) y el torque era muy suave, el zumbido disminuyó considerablemente. Fue un gran adelanto en la alta fidelidad. El “garra” acoplaba el motor al plato por medio de una polea de caucho. Después llegó el tocadiscos electrónico, con el advenimiento de los circuitos integrados. Yo conocí motores hasta de 48 polos. El plato era accionado directamente por el eje del motor. No todo el mundo tenía un tocadiscos de estos pues el precio era bastante alto. Tal vez por eso no se popularizó. Al tocadiscos le salió un rival muy poderoso, la cinta magnética (tape), sin embargo, se acoplaron y juntos recorrieron el camino.
Las primeras cintas eran de carrete abierto, como los rollos de películas y se usaban más que todo en estudios de emisoras.
En los automóviles se popularizó el cartucho de ocho tracks (pistas) Una cinta sin fin que tenía ocho pistas de música. Venía grabada y el cartucho medía unas seis pulgadas de largo por unas cuatro de ancho y una de grueso.
Nunca entendí como hacía esta cinta para pasar del carrete dador al carrete aceptor si no tenía ni principio ni fin. Un día destapé un cartucho para analizarlo y lo que conseguí fue llenar la cuadra de cinta.
Nunca entendí como hacía esta cinta para pasar del carrete dador al carrete aceptor si no tenía ni principio ni fin. Un día destapé un cartucho para analizarlo y lo que conseguí fue llenar la cuadra de cinta.
Después vinieron las cintas normales para radiograbadoras. Venían en tres clases: las normales, las ferro-cromadas y las metálicas. De todas ellas las metálicas eran las mejores, pero tenían el problema de desgastar muy rápido los cabezales reproductores. Pero su sonido era muy fiel. Sin embargo, la cinta normal mejoró notablemente y se asentó en el mercado. El tocadiscos y la cinta vivieron muchos años pero no resistieron la llegada del CD.
El Picó.
Ya he comentado que yo reparé muchos radios viejos. También he leído muchas revistas de electrónica, nacionales e internacionales y nunca vi una foto o una referencia a este aparato de sonido: el picó. Por lo cual puedo decir que éste es un invento nuestro, criollo, costeño nacido en Barranquilla y Cartagena.
Amplificadores de alta potencia sí había y de fábrica, por ejemplo, el Marantz, el Fisher, el Kenwood, etc. Pero nunca de la potencia de los picós. Estos fueron industria casera. En mi niñez recuerdo haber visto estos aparatos y cuando joven que salía a bailar, los conocí muy bien. Recuerdo que eran accionados por un motor a gasolina que ubicaban allá en el fondo del patio, porque a veces se escuchaba más el ruido del motor que la música y tampoco se podía poner el motor tan lejos porque entonces el voltaje llegaba muy bajo al equipo.
Amplificadores de alta potencia sí había y de fábrica, por ejemplo, el Marantz, el Fisher, el Kenwood, etc. Pero nunca de la potencia de los picós. Estos fueron industria casera. En mi niñez recuerdo haber visto estos aparatos y cuando joven que salía a bailar, los conocí muy bien. Recuerdo que eran accionados por un motor a gasolina que ubicaban allá en el fondo del patio, porque a veces se escuchaba más el ruido del motor que la música y tampoco se podía poner el motor tan lejos porque entonces el voltaje llegaba muy bajo al equipo.
La historia del picó es muy curiosa, por lo menos la que yo conozco. Empecemos por el nombre: picó, nombre que tomó de la aguja del tocadiscos que en inglés es pick up. Los amplificadores de fábrica venían con dos y cuando mucho cuatro tubos de salida o potencia, por lo general tipo 6L6 o EL34. Los picós empezaron con 4, 6, 8, 12 y así hasta 48 tubos. El tubo EL34 era el más popular pero se quedó corto en cuanto a potencia, entonces empezaron a usar tubos de transmisión, de los usados en emisoras. A estos los llamaron Teteros, por su forma. Es de esperar que cuatro o seis tubos de estos dieran una potencia de salida monstruosa. Pero así también consumían energía; muchas veces las casas vecinas, y de la cuadra, veían titilar sus luces cuando estos monstruos trabajaban.
Una razón para asegurar que los picós son invención nuestra son los parlantes. Cuando nació el picó no había parlantes para ellos. Los más grandes eran de 15 pulgadas, pero con bobinas de una pulgada o pulgada y media, que no permitían reproducir tanta potencia. Además, los imanes no eran muy potentes. Los parlantes se modificaron. Se les adicionó una bobina alimentada con 150 voltios de corriente directa para obtener así un imán más potente -un electroimán- De esta forma el parlante manejaba más potencia, pero se desmejoró la fidelidad ya que la corriente de la bobina adicionada introducía un zumbido.
Posteriormente las fábricas hicieron parlantes más potentes con un imán especial de un material llamado ALNICO, una aleación de aluminio, níquel y cobalto. La razón de los famosos escaparates era la necesidad de más parlantes para poder manejar tan monstruosas potencias acústicas.
¿Por qué estos monstruos evolucionaron tanto? Cualquiera diría que para satisfacer a las grandes concentraciones públicas en carnavales y otras festividades. Yo no lo creo así porque también se usaron en bautizos, grados, matrimonios, etc. Creo que esa cultura del sonido bestial se debió a la falta de autoridad. Fueron muchos los problemas que causaron estos aparatos en el vecindario de ellos y de otros, con el cuento de que durante la semana había que calentarlos y si en el fin de semana no tenían toque, también.
De todas formas tuvieron su reinado, el cual se ha ido disipando poco a poco. Uno, porque su construcción y su mantenimiento cuestan mucha plata y otro, porque han quedado relegados a eventos masivos, ya que los familiares usan equipos de sonido de fábrica que cada vez tienen más potencia. Supe que esta cultura del picó trató de incursionar en Venezuela, más que todo en Maracaibo y Caracas donde las colonias de costeños son numerosas, pero allá se encontraron con que la autoridad no lo permitió.
En todo caso, aquellos que alguna vez bailamos a la sombra de estos monstruos, añoramos picós como el Sibanicú “el que prefieres tú”, el Solista “el que llena la pista”, el Timbalero, el Coreano, el Rojo, el Perro de Cartagena, etc. Sí, añoramos no solo oír, sino sentir la onda de sonido en nuestro pecho.
Capítulo 2
Los utensilios de cocina.
El caldero.
Hoy veo cómo un recipiente de vidrio cuece toda clase de alimentos. He visto uno que al taparse y calentarse, una corriente de aire circula internamente y así cuece todo. Por lo que considero que este aparato evolucionó poco, prácticamente pasó de un sistema a otro. Yo vi cocinar y probé alimentos preparado en recipientes de barro cocido. Personas de mi confianza me contaron que hubo calderos de cobre, yo no los conocí pero puedo hablar del de hierro, eran hechos en Alemania, que como muchas cosas que venían de allá parecían hechas para toda la vida. Pesaba enormemente y para limpiarlo se usaba el estropajo y arena, o las cenizas del fogón. Muchos elementos de estos pasaban de generación a generación.
Las ollas.
Las conocí de barro, pero como se podían quebrar se usaban para almacenar agua, los trajines normales se hacían con totumas, que se fabricaban con el fruto del totumo, los redondos. De un fruto se sacaban dos totumas partiéndolo por la mitad del ombligo hacia abajo. Se usaban también los calabazos, aunque estos eran largos como una calabaza, con un extremo ancho (el de abajo) y un extremo delgado por donde se hacía la boca que se tapaba con una tusa delgada y se usaba para llevar agua, para guardar vinagre, leche o cualquier líquido. Luego vinieron las ollas de peltre y de aluminio.
Los vasos.
Supongo que después de tomar agua con las manos se pasó a los recipientes de barro. Yo empecé tomando agua con totumas, las cuales también se usaban para la sopa, la mazamorra, jugos, etc. Después conocí los vasos de aluminio en las chicherías del mercado de Montería. Difícilmente se podía tomar uno un jugo completo en estos vasos. Los vasos de vidrio medían como 20 centímetros de alto y 4 de grosor en el fondo. Después apareció la cristalería especializada y se conseguían piezas muy hermosas y delicadas como las copas, usadas en los matrimonios. Los vasos de plásticos son buenos y duraderos, son para usarlos en la casa, pero de muy mal gusto ofrecerlo a una visita, a menos que sea desechable, aunque corremos el riesgo de que se disguste la visita pensando que la consideran apestosa.
Los platos.
Un chiste era: “¿cuál es el plato que más le gusta? El de peltre” Un decir: “come en vajilla de plata”. Sí, las familias pobres comían en platos de peltre y los muy ricos en vajillas de plata. Yo nunca vi una de estas, pero qué delicioso era tomar un sancocho de gallina, una mazamorra de maíz blandito o de plátano en totuma y con cuchara de palo (que podían ser de palo, pero generalmente eran de totumo) Esos platos de peltre parecían eternos si no es porque se escarchaban dando un mal aspecto. Antes, en los restaurantes, se presentaba un inspector de sanidad a inspeccionar la vajilla y todas aquellas unidades escarchadas y de mal aspecto las destruían sin ningún reparo y sin protesta por parte del dueño, que más bien sentía alivio porque eso daba crédito a su negocio. Pero ahora...jumm.
Para lavar la loza, los chismes, corotos o trastos se utilizaban jabón de perro y estropajo y un poco de arena o cenizas. Siempre me pregunté por qué no habían inventado algo para remplazar el trapo de cocina y el estropajo. Al estropajo lo remplazó el Bombril, una malla de alambre muy delgado. Buena idea porque este producto duró reinando en el mercado por muchos años sin competencia alguna. Después vinieron las esponjas y toallitas de fibras sintéticas.
El Mortero y el Molinillo
Otros dos utensilios de cocina eran el mortero y el molinillo, ambos de madera muy dura.
El mortero tenía como 12 centímetros de alto por unos 10 de diámetros, parecido a una copa, donde se depositaba el ajo y se machacaba con un listoncito de madera como un bastón de mando; siempre olía a ajo por más que se lavara. El mango como se llamaba el palito, si que pegaba duro. Lo sé porque después de una pilatuna mi mamá me lo lanzó cuando salí corriendo y al voltear para ver si me había salvado, el mango me cayó en toda la frente. Un buen chichón me gane esa vez y eso que no tenía cabeza de ajo como ahora.
El molinillo era un mango de madera como de 20 centímetros de largo por uno o dos de diámetros, con unas aletas como de tres centímetros en un extremo, era la licuadora de entonces. Las aletas iban dentro del jugo y el otro extremo se colocaba entre las manos y se hacía rodar como si uno estuviera calentándose las manos. Siempre me pregunté qué pensaban las mujeres cuando utilizaban los molinillos, porque a mí me recordaban otra cosa. Muchos años duró su reinado hasta que llegó la Osterizer, una licuadora eléctrica
gringa muy buena y que se convirtió en un artefacto de primera necesidad, a tal punto que era un regalo seguro en un matrimonio.
La estufa.
Este elemento sí que ha evolucionado. Yo conocí los fogones de piedra. Consistían en tres
piedras muy grandes que se llamaban “bindes” colocadas a 120 grados y sobre el triángulo que formaban se colocaban las ollas y calderos. Por supuesto, se cocinaba con leña, la cual había que atizarla constantemente si se quería cocinar rápido o se le sacaba la leña si el cocimiento tenía que ser lento, como el arroz cuando se va secando. Luego vino la hornilla, pero ahora las piedras no estaban en el suelo sino sobre una especie de mesa hecha en barro y madera.
El anafre, que hoy día todavía se utiliza en los asados caseros, alivió un poco el trabajo de cocina. Usaba el carbón de madera, el cual se hacía también en un horno de barro casi subterráneo, donde se metía la madera y se quemaba pero en forma controlada, no podía calcinarse. Le siguió el fogón Esso candela, un recipiente lleno de gas (petróleo) con unas mechas graduables para aumentar la llama o disminuirla y una parrilla sobre la cual se colocaban las ollas. El problema de este artefacto era que ennegrecía mucho los trastos. A este le siguió la estufa a gas de dos y tres puestos, tenían cuatro paticas y el depósito de combustible a un lado, el cual llegaba a cada fogón por un tubo de hierro de media pulgada.
A este le siguió rápidamente la estufa eléctrica de uno, dos, tres y hasta cuatro fogones y algunas traían horno. Su problema principal era el elevado consumo de energía, no calentaba bien en las horas pico y había que cuidarse de un fuerte “pateón”. Hasta que el gas natural inició su reinado.
La Plancha.
La ropa se lavaba y después se almidonaba, lo que se hacía para que los pliegues de las faldas de las mujeres, los puños y el cuello en las camisas de los hombres así como el filo del pantalón, quedaran lo más marcado posible. Escuché testimonios de que antes de las planchas se utilizaban piedras calientes para planchar la ropa. Yo vi planchas de hierro que se colocaban sobre brasas de carbón para calentarlas, luego se limpiaban con un trapo y se les restregaba vela para que se deslizaran suavemente sobre la ropa. Recuerdo que en Montería el ocho de Diciembre se celebraba el día de la Inmaculada y a las siete u ocho de la noche salíamos a recoger los mocos y cabos de las velas que se colocaban a la virgen en las puertas de las casas.
Luego vinieron las planchas eléctricas y más tarde las de vapor.
El molino.
Necesario artefacto que también se incluía, al igual que la plancha, como regalo de boda. Algo muy curioso me pasaba con este elemento. En casa de mi abuela materna, la Reina Bello, se tostaba café que se echaba sobre una mesa y la pila subía como 20 centímetros. Eso había que molerlo todo y a mí me gustaba al comienzo porque después de media hora de estar moliendo, uno sentía como si los bíceps hubieran crecido mucho y me sentía fortachón, el problema era que como a la hora ya me dolía todo el cuerpo y entonces no tenía nada de gracioso. Se molía café, maíz, carne, caña, cacao y otras cosas, para lo cual solo se cambiaban unos discos.
En una ocasión agradecí mucho la existencia de esta máquina, pues me tocaba desgranar maíz con los dedos para unos 20 cerdos que se lo tragaban en un santiamén. Lloraba haciendo esto por el dolor que me causaba, pero bastaba que un primo (Luis Andrade) dijera que los hombres no lloran, para que yo congelara las lágrimas y mis dedos aligeraran. Hasta que llegó el molino para mazorcas de maíz; no era para mí pero creo que lo recibí como un gran regalo. Fueron muchos sus años de vida en el hogar, pues industrialmente el molino todavía está vigente El banco de madera. Todavía hoy se utiliza y tiene la misma forma, pero es individual. Para que varias personas se sentaran estaban los banquillos, una tabla larga con tres o cuatro pares de patas usado en aquellos lugares donde llegaba mucha gente como en las tiendas, las cantinas, peluquerías, restaurantes e indudablemente en los velorios.
Para más comodidad estaban los taburetes, igual que una silla pero de madera, fondo y espaldar de cuero de vaca disecado y tratado. Un mueble muy cómodo, fresco y versátil: usted lo colocaba normalmente como en las visitas; si tenía algo de pereza lo recostaba sobre la pared o un muro y si quería prestar cuidada atención a algo, entonces lo volteaba y utilizaba el espaldar para colocar la barbilla y los brazos.
La tinaja.
Era un recipiente de barro cocido que se utilizaba para almacenar el agua para beber. Para mí tenía un misterio que aun hoy día no he podido entender. No importaba que época del año o qué hora del día fuera, el agua de la tinaja siempre estaba, no fresca, un poco más que fresca. Su delicia y su frescura quitaban la sed al más sediento. Tampoco entendí entonces porque no se usaba el agua que se filtraba de la tinaja y que se recogía en otro recipiente, esta era más cristalina e igual de fresca. Y creo que más pura porque pasaba por el proceso de filtraje del barro cocido que debía quitarle muchas partículas gruesas en suspensión. Esto lo demostraba el hecho de que en el fondo de la tinaja siempre había un cieno o babaza, por lo que había que asearla de vez en cuando.
De la tinaja se pasó a la nevera de palo. Unos cajones de más o menos un metro cúbico y forrado internamente por una lámina de latón, se apoyaba en cuatro patas y se usaba más que todo para hacer raspado con el advenimiento del hielo. En la casa se usaba una nevera que era una especie de termo grande, dos cilindros de latón uno dentro del otro separados una pulgada y sellados por los extremos, una tapa igualmente confeccionada y en la parte inferior una llave o grifo; conservaba el agua fría por unas buenas horas. Luego empezaron a llegar las neveras eléctricas que trabajan con gas refrigerante y empezó el sistema de refrigeración doméstica y comercial.
El papel higiénico.
El uso de este elemento se remonta en mi memoria hasta aquella época de mi niñez cuando vivía en el pueblo de mi madre. Las personas hacíamos las necesidades en un platanal y generalmente usábamos las cepas del plátano que se habían secado para limpiarnos, y si no, llevábamos dos o tres tusas de la mazorca del maíz. Recuerdo que defecar era todo un ceremonial puesto que primero había que buscar el lugar apropiado, que estuviera limpio y
que no hubieran usado antes y que también estuviera protegido de los mirones casuales; segundo, asegurarse de que no anduviera un puerco por los alrededores porque el zarpazo que le daba era tan rápido que usted no alcanzaba ver la deposición y si se descuidaba, ni siquiera necesitaba limpiarse.
Después vino el papel, primero las bolsas que daban en las tiendas a las que había que sacudirle bien el azúcar, y ojo si le quedaban gránulos de sal. Las que se utilizaban para envolver la carne no se usaban porque estaban mojadas y además con sanguaza y esto podía confundirse con una deposición con sangre o una bajada de la regla. La llegada del papel periódico a los hogares fue todo un acontecimiento, no sólo porque nos ponían al tanto de las noticias del mundo y la cultura que nos impartiera, sino por dos razones: Usted hacía de la cagada un rato placentero en que podía pasar de un gesto de asombro a uno de dolor; de uno de alegría a uno de enfado; en fin, todo dependía de lo que leía. Y lo otro fue que suavizó mucho el proceso de limpiarse. También tenía usted la oportunidad de vengarse de algún político o personaje de sociedad. El papel higiénico, de hoja sencilla y doble llegó como una bendición, porque el periódico tenía un problema muy serio, usted tenía que calcular muy bien la presión de sus dedos al limpiarse porque de lo contrario lo rompía y el dedo.....jummm.
El jabón.
La verdad es que el jabón también es un producto que ha evolucionado poco. Yo recuerdo la barra de jabón de perro de Pino (ahora se llama jabón oro) hoy día sigue exactamente igual, pero en aquel entonces se usaba para todo: lavar los trastos, la ropa, para bañarse y era lo mejor para las manos después de comer bocachico. Para lavar se acostumbraba unir dos o tres barras en una sola bola, parece que así era más cómodo usarlo. Para el aseo personal estaba el jabón de Monte. Después de esa famosa barra la novedad es el jabón en polvo y el líquido.
Si alguna vez tiene necesidad de usar jabón en polvo para bañarse, procure disolverlo primero en agua porque usarlo en polvo es una verdadera tragedia, primero lo raspa, su cuerpo queda baboso, para sacarlo necesita como dos o tres metros cúbicos de agua, más o
menos una hora de baño, usted queda caliente y como si lo hubieran almidonado, la piel tesa como galleta de soda y todo el día con calor. Mejor se va sin bañar.
La toalla.
Ahí sigue exactamente igual, es uno de los raros elementos que, francamente, no ha evolucionado nada.
La cama.
Las ha habido de muchos tipos: a ras de piso, las de palo, las de tijeras, las de spring, las aéreas o hamacas, las de cuero, las de agua. Con esto hago referencia al colchón y el elemento sobre el cual se colocaba.
A mí me tocó dormir sobre una sábana tendida en el físico piso y créame no es tan grave, sobre todo si hay que dormir con una temperatura de 37 o 40 grados, lo malo por supuesto es que al principio se levanta uno todo adolorido, pero después se acostumbra.
Las de palo consistían en cuatro palos enterrados en el piso y con altura de 60 u 80 cm, arriba se unían las puntas con varas y luego se cubría todo con varas muy juntas. Sobre este tendido de madera se colocaban las colchonetas de entonces, las esteras. Esta cama servia
más que todo para evitar la humedad y algunos animales.
Las de tijera eran más cómodas y consistían en dos pares de listones unidos por la mitad con un tornillo y en forma de X. Los dos extremos superiores se unían con dos travesaños.
Estos llevaban por la parte externa una ranura a todo lo largo. En esa ranura se metía el borde de una lona, la parte de la lona que quedaba dentro de la ranura era atravesada por una varillita de madera tan larga como el travesaño y de un diámetro inferior a la ranura, de tal modo que la lona no se podía salir. Al abrir las X la lona quedaba tendida y lista para recibir a su huésped. También se podía pegar la lona a los travesaños con almidón.
Usted habrá dormido en colchones ortopédicos, semi y de todas las especies pero si no ha dormido en una cama de tijera o lienzo como también se le llama, no sabe lo que significa eso de dormir a pierna suelta. Es muy fresca pero tiene el inconveniente de que cada semana o cada 15 días hay que templar nuevamente la lona porque va cediendo y las nalgas forman tremendo hueco y el dormir así se convierte en una tortura, lo otro es que hay que lavarla de vez en cuando.
Las de spring consistían en una cama de hierro (las patas y los laterales eran ángulos de hierro). Alrededor de los ángulos y a cada 10 cm., más o menos, salían unos resortes que sostenían un tendido de alambre en forma de malla y sobre la que se colocaba el colchón o colchoneta. Eran muy cómodas y tenían la ventaja que se doblaban los extremos sobre sí mismo y ocupaba menos espacio. Exactamente igual eran las camas de cuero, pero en vez de la malla metálica se utilizaba un cuero de vaca, por supuesto, ya curtido.
De último he dejado la hamaca. Después de dormir en el suelo, debió ser el primer artefacto utilizado para dormir cómodamente sobre él. A pesar de que su apariencia, o mejor, su presentación ha sido mejorada, su diseño no cambió; sin embargo yo usé una hecha con la cepa seca del plátano, no es tan cómoda como la tejida pero si sirve para descansar un buen rato.
Nunca olvidaré lo que me pasó una noche en una hamaca, siempre que la veo lo recuerdo. Llegué a una hacienda con dos compañeros más. A la hora de dormir ellos cogieron su hamaca, las cuerdas respectivas y las colgaron. Cuando yo llegué ya habían apagado el mechón, así que en la oscuridad recogí mi hamaca y las cuerdas, que eran de cuero de vaca, sogas, pero las que yo escogí todavía estaban blandas pues no las habían secado del todo. Así que apenas me había acomodado cuando se reventó la cuerda del lado de la cabeza. Desde entonces sé cómo deben sonar 50 granadas al lado de uno. También recuerdo que un hermano mío, creo que el tercero, murió por la caída de una hamaca. Una prima lo mecía y lo hizo tan fuerte que la hamaca se enganchó en la cabeza de una de las palmas del techo y él cayó.
Pero también hay cosas placenteras al dormir en una hamaca, mecerse suavemente y si está acompañado de su ser querido es maravilloso. Bueno, nunca lo experimenté pero dicen que hacer el amor en ella es sumamente placentero, siempre y cuando haya revisado bien las cuerdas. También dicen que es el mejor sitio para pasar un guayabo de esos de tres pisos.
Pero nunca se le dé por tomar licor en una hamaca o sabrá lo desagradable que es lavarla... y lavarse usted.
Las luces
Yo he tenido la fortuna de ver casi todas las formas de luces artificiales desde el mechón hasta las de gas. En el pueblo de mi mamá se usaban los mechones y para que no se gastaran tan rápido se impregnaban las mechas con cebo de chivo o aceite. Posteriormente apareció un elemento que prestó muchos servicios al hombre y no necesariamente para lo que fue hecho, me refiero a la botella de vidrio. Por ejemplo, en este caso fue el envase perfecto para los mechones; se llenaba de gas, se le colocaba una mecha y listo.
Después vendían recipientes de latón para hacer linternas de gas y luego vino la linterna de gas propiamente dicha, ya que además del depósito del gas se le colocaba un cilindro de vidrio. Una mecha muy pequeña se graduaba hasta obtener una luz lo más brillante posible. La graduación debía ser cuidadosa porque una mecha muy corta daba poca luz y una muy larga ahumaba tanto el vidrio que no se veía nada.
Después apareció la linterna a gasolina, cuya única diferencia con respecto a la de gas era la luz tan intensa y nítida que proporcionaba, porque el aparejo era prácticamente igual, pero el depósito del gas se usaba para la gasolina, además, una pequeña bombita permitía mezclar aire con gasolina que era la causa de tanta brillantez. En Severá, el pueblo natal de mi señora madre, los campesinos se maravillaron cuando apareció la primera lámpara de
esta clase en una tienda, ahí se reunían hasta las nueve o diez de la noche comiendo raspao y hablando de sus quehaceres.
Pero más orgulloso se ponía un corroncho de estos cuando tenía una linterna de manos y a batería, eso era toda una dicha y felicidad, ahora podía alumbrarse el camino y no pisar las culebras y otros animales.
En la época del mechón ya existían las velas, pero éstas eran muy pequeñas y no tan baratas, más que todo se destinadas a lo mismo de ahora, alumbrar a los santos y para otras cosas religiosas o de brujerías.
Un vecino que tuve, oriundo de Usiacurí, el señor Andrés Iglesias, me contaba que en su casa usaban una lámpara tipo candelabro, tenía cinco secciones (como una estrella) y la bajaban y subían con una cadena. Yo las conocí pero más pequeñas y generalmente colgaban de las paredes. Al principio eran de aceite, después usaban gas y últimamente le colocaban una bombilla o foco.
Ya en Montería conocí el foco y la luz eléctrica. Eso que dice Calixto Ochoa en su disco El Compae Menejo tiene mucho de cierto. Después del calabacito alumbrador muchas son las lámparas que se usan.
La máquina de coser.
Mi mamá tuvo una pero mucho tiempo después. La más común era la Negrita ZZ y la conocí muy niño en casa de mi tía Chana, en Severá. Me parecía igual a un paco paco.
Capítulo 3
La casa y su evolución
Tanto en Montería como en el pueblo de mi mamá, las primeras casas que yo recuerdo tenían techos de paja. El techo se hacía con varas de roble o cedro y los cruces se aseguraban con bejucos malebú o con alambre, todo este maderamen se montaba en cuatro
horcones o madrinas, troncos de madera muy gruesos que servían de sostén. Luego se traían cientos de palmas, comúnmente palma amarga, se recogían sobre si misma, se sacaban dos mechones de los extremos y se acomodaban del lado de la cabeza sobre los travesaños del techo.
Para entender mejor piense que usted es la palma y se coloca un palo de escoba por la espalda a manera de crucificado, pero con las manos pegadas al cuerpo y el palo pasándole por las axilas. Con todas esas palmas apretujadas, el techo iba quedando tupido y con la seguridad de que no le pasaría ni una gota de agua. Era un techo seguro y muy fresco y aunque le parezca extraño, eran muy raros los incendios a pesar de que era un material muy combustible, cuando las palmas quedaban bastante secas por el paso del tiempo.
Las palmas fueron remplazadas por las tejas y aunque los más pobres usaban láminas de zinc estas no se popularizaron porque dejaba la casa muy calurosa y si llovía de noche, seguro que usted no dormía porque el ruido era insoportable, Muchos años reinó la teja como techo hasta que cedió el turno a las láminas de eternit.
Con el techo de tejas o eternit apareció el cielo raso que trajo a las casas mucha frescura y presentación. Conocí a familias que en las fiestas de cumpleaños o matrimonio, hacían una especie de cielo raso con servilletas de papel y después de la fiesta las dejaban hasta que empezaban a cambiar de color por el tiempo.
En las casas con techo de paja más antiguas, las paredes consistían en un enredado de cañas de bahareque o lata empañetadas por dentro y por fuera con boñiga de vaca -excremento- o de barro. Después se usaron las tablas de madera colocadas horizontalmente de tal manera que el borde inferior de la tabla de arriba cubría el borde superior de la tabla de abajo. En Barranquilla todavía se pueden apreciar estas paredes en el barrio Simón Bolívar, en casas que entregaron en el gobierno de Rojas Pinilla por allá en 1.957. Los modelos variaban entre tablas de 20 cm de ancho y 10 cm. A las tablas siguieron los ladrillos de barro cocido, después los bloques de cemento. Quienes podían empañetaban las paredes con cemento y los más adinerados lo hacían con yeso.
El físico suelo era el piso en las casas de techo de paja. Este se regaba con agua y se barría con escoba hecha de escobillas (una plantica con ramitas y hojas muy delgadas y resistentes) que dejaba el piso muy limpio y plano. Aunque era muy fresco tenía el inconveniente de la humedad que invitaba a mucho animales a llegar hasta ese sitio, como las culebras; para las garrapatas de los perros era un paraíso. Luego vino el piso de concreto o cemento al que antes de que secara se le rociaba cemento en polvo para hacerle una película muy fina que lo dejaba pulido y brillante. Al momento
de echar esta capita de cemento también se rociaba polvo de colores para mejorar la apariencia del piso. De todas formas este piso era muy fresco e invitaba a acostarse de espaldas sobre él, sobre todo a las mujeres embarazadas. Para los niños era una delicia jugar sobre el piso, correr sus carros y sobretodo jugar a las bolitas de uñitas o canicas.
Posteriormente vino la baldosa con sus diferentes colores y los mosaicos que formaban. Conocí pisos de baldosas muy finas, tanto que parecían un caracol por dentro y había fábricas especializadas en construir alfombras con baldosas y al gusto del cliente, como Mosaicos Pompeya en Barranquilla que hacían alfombras para la sala e incluso para la terraza y además, daban 30 años de garantía por su trabajo ¿Tendrían calidad? Por último llegaron los pisos de cerámica y mármol.
Las puertas y ventanas también se transformaban con el paso del tiempo. En las casas con techo de paja no había puertas ni ventanas; como puerta estaba el espacio para entrar y salir, Las puertas hicieron su aparición ya con las casas de paredes de tablas, generalmente tres o cuatro tablas unidas con listones y apoyadas sobre las paredes. Eso era suficiente para que los demás respetaran la intimidad. El hecho de no usar paredes y puertas sólidas no es invento o costumbre de los japoneses como lo leí en una ocasión en unas teorías económicas, lo que pasa es que ahora el hijo no respecta y hay que trancar bien la puerta o se lo pillan a uno con su mujer.
La puerta de la calle era igual, para que tanta seguridad si un ratero era algo muy raro, y si había uno, todos sabían quién era. Sin embargo, la puerta evolucionó más por la vanidad del dueño de la casa que por dar seguridad. Se hacían con marcos y estaban muy bien talladas, pero no todo mundo tenía una porque eran muy caras y los carpinteros duraban mucho tiempo para tallarlas. Las ventanas fueron variando igualmente.
Avanzando el mundo y avanzando las malicias de los malos también. Ya era necesario de asegurar las puertas y aparecieron las cerraduras. A este punto le contaré una anécdota de algo que leí en un periódico de la capital: a mediados del siglo pasado y cuando apenas empezaba la inmigración de suramericanos a Usa. Los gringos acostumbraban dejar las botellas de leche en la puerta para que el lechero dejara la leche y recogiera los envases anteriores y la plata. Pues bien, un señor de estos latinos, para no herir susceptibilidades patrióticas, encontró su modus vivendi. Vio un letrero sobre una puerta vieja que decía:
“por favor, llévesela” y un billete de dólar engrapado. Qué cree usted que se llevó el fulano... ¡pero la puerta nunca la botó!
Con tanta inseguridad había que proteger las puertas también, así que las casas de los colombianos se fueron convirtiendo poco a poco en celdas de una inmensa cárcel, algo que dejó atónito a varios holandeses que vinieron alguna vez a Barranquilla. Así que la puerta de madera desapareció y vino la metálica protegida a su vez por una reja de hierro, un mirador o huequito por donde podemos ver al visitante pero que él no nos ve a nosotros, así sabremos si lo recibimos o no. Las culebras (las de ahora son los cobradores) se las ingenian tocando el timbre y escondiéndose, usted cree que es un chico travieso y sale a castigarlo dándose de cara con el culebro. Pero no crea que el culebro ganó, si quiere saber si el moroso está tiene que llamar por el citófono e identificarse y si se cree muy listo, para eso está la cámara filmándolo y si aún se pone terco sale el vigilante y lo pone en su puesto.
Relataré aquí una anécdota referente a las casas con techo de paja: Sucede que en esa época las casas tampoco se conseguían de la noche a la mañana, aunque era más fácil que ahora adquirir una vivienda. Así que a veces conseguían el lote y se mudaban, ¡pero con casa y todo! En el nuevo lote cavaban los huecos donde se enterrarían los horcones de acuerdo con las medidas del lote anterior. Hecho esto, traían el techo armado de la casa, y esto era el
hecho curioso, pues veinte o treinta hombres se metían debajo del techo y como si cargaran un ataúd, se llevaban el techo a la nueva dirección. Era para mí todo un espectáculo ver una casa caminando y cómo se parecía a un ciempiés. Unos diez tipos más iban al lado de la casa como una especie de aguateros y relevos. Delante de ellos iba una persona halando una cabuya para indicarle a los cargadores la dirección. Claro está, todo el que era relevado salía, tomaba la botella de ron y se empujaba un trago y descansaba una o dos cuadras. Al llegar al nuevo sitio el techo era colocado en sus soportes. ¿Preguntaba usted por las paredes? Tranquilo que esas se hacían inmediatamente, y después de varias botellas y un buen sancocho, el propietario ya dormía esa noche en su “nueva” casa. Supe posteriormente que, después de la instalación del techo se hacía una fiesta y que cada horcón se bautizaba y tenía su madrina*
En las casas normales el baño (la ducha) y el sanitario están en la misma habitación, pero no siempre fue así. En la época de las casas con techo de paja estas dos cosas estaban separadas. El baño consistía en un cuartico como de un metro o metro y medio cuadrado con paredes de palmas de coco o láminas de zinc. En cambio el inodoro que siempre estaba en la parte más retirada de la casa, pero no tanto para que usted pudiera llegar a tiempo, era un pozo de unos dos metros de profundidad y unos dos metros cuadrados. No podía ser muy profundo porque se llenaba de agua resumida ni muy llano porque también se llenaba pronto, pero de porquería. Se cubría con un entarimado de madera y se dejaba un hueco por donde se hacían las deposiciones. El hueco se cubría con una tapa para evitar los malos olores. En casa de mis padres en Montería había pozo séptico porque no había alcantarillado. En esos tiempos existía el oficio más desdichado del mundo: evacuar los pozos sépticos. Cuando ya se llenaba el pozo con el paso del tiempo, había que desocuparlo y para eso había personas que se encargaban. Iban de noche y con palas y galones desocupaban el pozo de porquería que botaban muy lejos. Supongo que esa labor era bien paga. Siempre se ha dicho que el billete está hecho...
Posteriormente al pozo séptico se le adicionó el inodoro. Todo el tiempo me causó curiosidad este artefacto, siempre tan blanquito, tan azulito. Me pregunto ¿por qué no lo harán amarillito?
Si sentado en ese lugar usted se siente incómodo es por su propia culpa, pues siempre invita a pensar en algo, bueno o malo pero usted piensa. Definitivamente es un lugar único y romántico, y si no ¿por qué usted siempre se voltea para mirar su obra antes de bajarla? Yo creo que es el invento más grande de la humanidad. Su ruido es algo que nunca se olvida.
Con el alcantarillado, el baño y el inodoro se juntaron y entraron a la casa.
La ropa y las modas.
Hoy escribiré sobre la ropa, pero de este tópico no hay mucho que contar, sobretodo si se trata de mi ropa. Yo conozco personas que pueden pasar por las necesidades más grande del mundo: endeudarse, no pagar arriendo o servicios, no comer o no ir donde el médico porque se acerca una festividad y necesitan estrenar ropa, o simplemente necesitan estrenar. Lo cual también es válido para los zapatos.
Logré vivir en parte la antigua tradición de usar la ropa según la edad. Hasta por ahí por los años 50 los muchachos usaban pantalón corto hasta los 18 años, cuando cumplían la mayoría de edad; de ahí el término piernipeludo, porque tenían las piernas llenas de vellos y todavía usaban pantalones cortos. Yo a los 14 años los usaba, no tanto por la costumbre sino porque no tenía maneras de cambiarlos. Yo le contaba a mi mamá que las chicas me molestaban mucho con eso de las piernas y ya me daba pena.
Al lado de mi casa vivía un muchacho de mi edad, más o menos, hijo adoptivo del señor Castel y a quien le compraban ropa con frecuencia y la que ya no quería, a veces me la regalaba. Por allá por los años 60 se popularizó mucho en Montería la moda del jean, se le decía Blue Jean porque esta era la marca más usual, así que yo le domaba estos pantalones a Álvaro Gaviria, mi vecino, porque esta tela era demasiado dura. Para que suavizara un poco y perdiera un poco el color había que darle mucho trajín, así que por esta razón a eces “estrenaba”. Tampoco voy a decir que mi mamá no me compraba un pantalón, muy de vez en cuando pero me lo compraba.
En esa época uno vestía muy conservadoramente, imagínese que mucha gente no aceptaba el jean porque esa era una prenda para trabajo exclusivamente, y la verdad es que ella se hizo fue para eso. Los pantalones normalmente eran de dril, con dos pinzas al frente, relojera, bragueta a botón y dobladillo en la boca pierna. La falta de una de esas cosas era suficiente para ver al hombre así como mariconzón. Qué problema para muchos padres tener que aceptar que su hijo usara el pantalón sin dobladillo cuando vino esa moda, no lo querían aceptar ni mucho menos ponérselos ellos. Lo mismo sucedió cuando se empezó a usar cremalleras o cuando se anularon las pinzas y la relojera.
En cuanto a la camisa, esta aceptaba más cambios. Ponerse una camisa manga larga, recogerles las mangas hasta la mitad del bíceps era algo que lucía uno orgullosamente. Siempre recuerdo a mi hermano Eduardo, con cuánto orgullo lucía la camisa desabotonada hasta el tórax y un nudo en la parte inferior; tengo una foto de él así. Lo normal y decente era llevar la comisa por dentro.
La ropa se almidonaba para que el filo del pantalón quedara lo más marcado posible, así como el cuello de la camisa y sus puños. Quienes podían usaban, en vez de botón, mancornas en los puños. Los domingos había que ir a misa con el colegio, era la ocasión de
usar corbata, negra por supuesto. Cualquiera hubiera creído que eran de seda por lo brillante que se veían y era por tanto plancharlas. Que gracioso era ver tantos corronchos ahogándonos en la misa por la dichosa corbata.
De los zapatos tengo cosas curiosas que contar, lo normal eran las abarcas tres puntá. Los zapatos de cuero eran corona, lo que no he investigado es si corona era una marca o un índice de calidad, porque había dos coronas, tres coronas y los más finos cuatro coronas.
Eran tan buenos que pasaban de generación a generación; por ejemplo, yo usé zapatos dejados por mi hermano Eduardo que a su vez los había recibido de nuestro hermano Lelis.
Por allá en 1.960 llegaron unos zapatos de precio módico y de caucho, los famosos Croydon, tipo medio zapato, calientes los condenados y daban una pecueca de padre y señor mío.
Por allá en 1.960 llegaron unos zapatos de precio módico y de caucho, los famosos Croydon, tipo medio zapato, calientes los condenados y daban una pecueca de padre y señor mío.
El Transporte
Esta vez voy a hablar sobre el transporte y sus diferentes modalidades.
Cuando niño en el pueblo de mi mamá, Severá, el transporte era a pie o en bestias. Las distancias no se medían en kilómetros sino en leguas y más comúnmente en tabacos. ¿Me pueden decir si está muy lejos el pueblo tal? No mucho, como a medio tabaco.
Medio, o un tabaco, era una distancia equivalente al recorrido hecho mientras se fumaba. Bueno, en esa época eso era normal porque era un tabaco hecho de tabaco. Si fuera ahora, seguro que el burriquete sólo caminaba una cuadra o menos. Cuando era una distancia considerable el caminante iba provisto de dos cosas imprescindibles: el tabaco y el calambuco con agua.
Viajar en burro es más rápido que ir a pie, aunque algunas veces tiene sus problemas. Por ejemplo, si el burro ya ha hecho ese recorrido varias veces y usted quiere desviarse por alguna razón, estos benditos animales se ponen tercos como una mula y no quieren doblar, al menos a mí me pasó varias veces ¿O sería que me vio cara de tonto? Lo otro es que si su burro huele a una burra en celos, agárrese maestro que ese tipo saca su arma y arranca a correr para donde la dama. Y si lo que usted monta es la burra, tírese con tiempo o también lleva del bulto.
Viajar a caballo es más chévere, más si es del tipo de “paso” o “paserito”. Es como si usted fuera en la más confortable butaca. A lomo de mula es lo mismo que en burro.
En cuanto a la canoa ya comentaré en otro aparte el refrán “más largo que un día en canoa”. En distancias cortas es muy agradable y si usted la dirige se divierte mucho más. Pero en distancias muy largas es supremamente aburridor. La chalupa es la misma canoa pero con motor fuera de borda. Sus encantos son iguales a los de la canoa pero con el disfrute de la velocidad.
Los planchones son cosas muy curiosas. Consisten en un entarimado de madera sobre varias canoas, asegurado con una cuerda a ambas orillas del río y sobre la cual se desliza. La corriente lo arrastra y le da el impulso para deslizarse por la cuerda y con el timón se va llevando o direccionando hacia la otra orilla. En mi niñez, en Montería, había uno cerca del mercado, pero ahora que regresé encontré uno casi a cada cuadra.
Me contaron que con ocasión del último eclipse de sol del milenio pasado, muchos extranjeros que llegaron a Montería, pasearon mucho en estos planchones, sobre todo los japoneses. Cuando vine a Barranquilla encontré estos planchones sobre el río Magdalena, pero aquí le llaman “Ferry” y tienen motor, son más grandes y transportan más carros. Los de Montería sólo llevaban dos o tres camperos y unos 20 o 30 burros, con sus conductores por supuesto.
En Montería usábamos un refrán para las personas cariacontecidas o asustadas: “tienes la cara como burro montao en planchón”. Eso era muy cierto. Subir un burro en un planchón era todo un “rollo”. A veces ni a empujones querían subir y cuando lo lograban subir ¡Mi madre! Qué cara de burro ponían, daban hasta pesar.
El burro es un animal bastante atrevido y yo diría que hasta vanidoso, donde le da la gana de darse golpes de pecho, sencillamente lo hace, le importa un bledo si está parqueado en la plaza, al lado de la iglesia o junto al cementerio. Pero creo que nunca han visto a un burro haciendo eso en un planchón, ahí se le arruga hasta el alma.
La bicicleta es un medio de transporte muy limitado, cuando no por la distancia lo es por seguridad, por el tráfico automotor. Cuando niño veía en Montería ciclas por todas partes, no peco si digo que cada casa tenía una por lo menos; pero cosa curiosa, sólo la manejaban los hombres. Una chica ni de vainas, si lo hacía enseguida la tildaban de maría macho. Pero eso sí, ellas eran las reinas de la barra y a los varones esto nos encantaba sobremanera y
uno iba todo orgulloso con su chica, rozándole las piernas y las nalgas con las rodillas, sintiéndolas tan cerca de uno que a veces sentíamos como si la barra fuera una extensión de nuestro cuerpo ...cavernoso.
En Montería hay mucho que contar sobre la cicla. Eso de tomar tragos con ella es algo único. Pararse de una silla con una señora “pea”, montarse en una cicla e irse a casa es tener mucho equilibrio. Por supuesto que llegaba en buen estado, una que otra vez con algún codo o rodilla pelada porque no vio la zanja en lo oscuro.
Los teatros en Montería tenían dos secciones: la parte posterior - donde están los proyectores- y los balcones a los lados era para la “alta sociedad” y frente al telón Juancho Pueblo. Cada espectador llevaba su cicla que colocaba contra la parte baja del telón. Total, una montaña de ciclas que al terminar la función se desvanecía rápidamente. Nunca oí a alguien quejándose de que le rayaron la cicla ni mucho menos que se la hubieran cambiado. Usted tenía que esperar su turno para tomar la suya. El problema era cuando usted, por alguna razón, tenía que salir antes. En las escuelas también se formaban tremendas aglomeraciones de ciclas. Y a pesar de tantas bicicletas, Montería nunca ha dado un ciclista importante. Pero tuvimos allá en Montería la competencia en cicla más curiosa del mundo. Como no podíamos ganar llegando de primero, entonces inventamos la competencia de ¡el que llegue de último! Se ubicaba el pelotón participante en la línea de partida como en cualquier otra competencia.
Cada ciclista con su termo y caramañolas, y si quería, un libro, o el periódico, un crucigrama, las tareas suyas o de los hijos, en fin, cualquier cosa en qué entretenerse, puesto que la idea era llegar de último y si no llegaba en el término estipulado, mejor.
La meta estaba ahí mismo para los expertos y a una cuadra para los novatos, que tratando de mantener el equilibrio, llegaban al término y eran descalificados. Los veteranos trababan la rueda delantera, metían el pie entre la rueda y el trinche, abrían el periódico y se ponían a leer. Algunos muy duchos, como un tipo de apellido Bianchi, si mal no recuerdo, se sentaba al revés, se acostaba de espalda con la nuca sobre los cachos y a dormir se dijo. Era el que siempre ganaba; a veces lo tumbaba algún novato, pero si era así, tenía derecho de montar otra vez y seguir durmiendo Al final los jurados iban a despertarlo: “Hey, Juancho, quiubo esta vaina ya terminó”
En cuanto a la moto, este vehículo lo conocí ya adulto y lo manejé durante 15 años, con resultado de varias caídas bastante serias y dos intentos de homicidios que me hicieron. Como quedé vivo puedo decir que es el vehículo más maravilloso para pasear. El amanecer en carretera sobre una moto es sensacional y si es a la orilla del mar mejor. Póngale combustible a la moto y si se lo pone usted, entonces guárdela. Nunca vi una moto en Montería, pero ahora que regresé observé que había una cada dos metros en la vía. Creo que Montería y Sincelejo son las ciudades con más motos en el mundo.
También tuve la oportunidad de montar en tren. En una ocasión trabajando para Intelcom Ltda., viajé desde un pueblito del Magdalena que ya no recuerdo hasta Ciénaga. Al principio chévere, pero después ese ruido y movimiento monótono me desesperaron, era un tren de carga y para matar el aburrimiento, mi compañero y yo nos pusimos a jugar a los vaqueros corriendo por encima de los vagones. No me pareció extraordinario viajar en tren, aunque me hubiera gustado hacerlo en el famoso Expreso del Sol, el cual creo fue más famoso por la cantidad de personas y carros que despretinó en el paso-nivel de Ciénaga ¿Qué tal un viaje en el tren bala de Japón?
Tuve la feliz oportunidad de viajar en barco, viaje que comentaré en otro capítulo. También lo hice en avión y de ello tengo dos anécdotas. Por mi trabajo tenía que viajar al Banco, Magdalena, y era urgente. Así que me dieron los pasajes y apúrese que lo deja el avión. Llegué al aeropuerto, pedí información y me dijeron “siga por ahí”. Seguí, miré el avión que estaba bastante lejos y cuando llegué ¡huy, que avión tan “zipotuo” y que alto! Y qué preciosura tan divina la que me recibió, qué sonrisa, qué dentadura tan linda y qué mueca de disgusto cuando vio mi pasaje que me había pedido: “señor, su avión es aquel chiquitico que está allá, el monomotor. Este Boeing va para Miami y Europa”.
En mi segundo viaje iba para Codazzi, Cesar. Ya tenía alguna experiencia, así que me encaminé hacia la avioneta y le pregunté al tipo que estaba ahí ¿Ya están abordando? Hablé así, todo serio, para que entendiera que no era ningún corroncho. Me contestó: Qué
En mi segundo viaje iba para Codazzi, Cesar. Ya tenía alguna experiencia, así que me encaminé hacia la avioneta y le pregunté al tipo que estaba ahí ¿Ya están abordando? Hablé así, todo serio, para que entendiera que no era ningún corroncho. Me contestó: Qué
pasajeros, si apenas van tú y 400 periódicos.
En este viaje tenía un poco de temor, pues había escuchado que muchas avionetas de fumigación se estrellaban por los vacíos que se producen en las faldas o laderas de la Sierra Nevada. La verdad es que llegando a Valledupar esa avioneta parecía una jabonera. Le he dicho al piloto: capitán, disculpe, yo estoy asustado ¿Será que usted tiene buena experiencia? Bueno, si llegamos lo averiguamos. Contestó.
Tiempo después leí en el periódico que ese señor era el piloto con más horas de vuelo en el país, cuatro o cinco mil horas de vuelo, no lo recuerdo. Lo homenajeaban porque ya se retiraba.
La llegada del bus urbano a Montería fue todo un acontecimiento y eran muy típicos. Tenían sillas de madera como los banquillos de velorio que ya comenté, pero con espaldar. Llevaban un cobrador que se colgaba de la puerta para gritar para donde iba, aunque todo el mundo sabía que sólo llegaba al barrio Colón y al barrio Obrero. Esos anuncios causaron muchos problemas, pues con frecuencia salía un campesino iracundo reclamando el pasaje (que le pareció muy barato) y mentando madre porque él iba para el pueblo de Colomboy, pero el cobrador decía Colón voy.
Esos buses los apretujaban tanto de pasajeros que después era un problema salir. Imagínese, un bus para 42 pasajeros y llevaba 70 y con 39 grados a la sombra era una tortura, para que venga un infeliz y se suelte un viento.
Afortunadamente en Montería no había tanto tráfico vehicular, porque a la gente le encantaba ir en las ventanas y con medio cuerpo fuera del bus y como 15 colgados de la puerta. Aunque una vez un racimo de estos quedó pegado en un poste de la luz cerca del “camajón”. Lo curioso de todo esto es que a pesar de tanta gente en el bus, yo nunca escuché de carteristas.
Definitivamente Montería tiene sus cosas diferentes. El servicio urbano de buses nunca ha prosperado como en otras ciudades, creo que por la competencia que le hace el “Jeep” que de esos sí hay a montones y van a cualquier lado con módicos pasajes. Estos fueron los taxis por muchas décadas. En mi época no conocí un automóvil allá. Ahora que fui a mi tierra 30 años después, vi muchos taxis; el servicio urbano de buses aún deficiente, pero está el transporte de mototaxi, cosa que me dejó asombrado. Pregunté cómo podía uno saber si era una persona particular o un mototaxi, pues no veía ningún distintivo y me dijeron que por la pose o la pinta. Esto me hizo recordar el cuento del canario: si lo soplas en la colita y se pone contento es macho y si se pone contenta es hembra.
Estos tipos trabajan a cualquier hora. Solamente aquí se puede ver eso. ¿En qué otra parte se confiaría usted de montarse detrás de una moto sin conocer al conductor, o aceptaría usted llevar a alguien que no conoce? Cuando vine a Barranquilla el servicio de buses era muy bueno, muchas rutas y muchas empresas de transporte, lo mismo que en Cartagena. En el año 1.966 el pasaje costaba 15 centavos. Para el año siguiente lo aumentaron y desde entonces he oído el lloriqueo de los transportadores todos los años: el transporte no paga. Pero no cambian de oficio y es una lotería entrar en el negocio. También he visto todos estos años como se valen de cuanta treta hay para dejar los pasajes en un valor que dificulte el pago para después redondearlo. Por ejemplo, en el 67 se inventaron pintar las defensas con líneas diagonales de colores diferentes, así unos llevaban franjas rojas con amarillo y costaban 20 centavos, los de franjas azules con blanco, como las barberías, eran a 25; los de verde con blanco a 30. Al mes empezaron a cambiar los colores para cobrar más. Pero la patraña más descarada era desaparecer las monedas de menor denominación.
El bus urbano más curioso lo vi en Barranquilla, en la línea Las Palmas-La Magdalena. Tenía las sillas pegadas de espalda a los lados y en el fondo, o sea, alrededor, y tenía algo más curioso aún, era el bus más silencioso del mundo. Todo el que entraba, apenas pagaba el pasaje y seguía a sentarse, enmudecía. Cuando uno iba en busca de su asiento, parecía tan ceremonioso y compungido como cuando uno llega a una sala de velación un poco tarde, o muy temprano, o no ve a nadie conocido y cree que se equivocó de muerto. El día que yo lo cogí, después de tres cuadras de seriedad y para mamar gallo, me paré y dije: “Bueno, nos ponemos a rezar o nos ponemos a cantar”. Enseguida una señora me haló por el brazo y me dijo: ¡cállese caray! o quiere que los vecinos nos la monten.
Otro bus muy simpático y que muchos recuerdan aquí en Barranquilla, es uno de Puerto Colombia, el famoso “Nojoda”, el bus más largo del mundo, medía casi media cuadra y tenía cobradores adelante y atrás.
Hoy día cualquier niño lanza un nojoda sin ningún reparo, pudor o vergüenza, pero en aquel entonces no. Esa palabra tenía su lugar y su momento, a menos que le sacaran a uno la piedra. Pero el nombre de ese bus era un nojoda no vulgar, porque no tenía el énfasis característico de la rabia, era un nojoda suave, sutil, amortiguado. Pronunciado con la boca abierta porque así quedaba el que lo veía pasar. Nojodaaa.
Del bus ínter departamental es poco lo que se puede hablar, aunque sufrieron sustanciales cambios. La silletería mejoró tremendamente, de las sillas para tres personas se pasó a dos de cada lado, muy confortables, reclinables y con descanso para los pies. El pasacinta alivió mucho el tedio de los largos viajes, ya que en las ciudades y cerca de ellas se escuchaban las emisoras, pero ya en la carretera había que poner cassetes. Posteriormente y con el advenimiento del Betamax, se colocaron televisores y se veían películas.
Algo que me ha llamado la atención en estos buses es el baño. Las veces que he utilizado el orinal me he puesto analizarlo. En primer lugar es difícil atinar con el chorro en el centro puesto que hay que estar agarrado con una mano. Así que parece como si uno estuviera
demarcando los puntos cardinales. Si usted está tragueado lo más seguro es que haga un círculo alrededor del orinal. En segundo lugar, usted siempre sale con las piernas o con los brazos mojados, no con su orín sino con el de otros, puesto que al soltarse para sacar o guardar, es seguro que el bus pasa por una curva o frena. Sin equilibrio y con tanta estrechez, de vainas hay tiempo para un solo golpe. Y cuando uno sale del baño, seguro que hay una o dos personas esperando entrar, porque basta que uno se pare para que los demás se antojen. Supongo que las mujeres lo harán como una regadera.
Los Mensajes
Hoy hablaré sobre los mensajes, de cómo hacer llegar nuestras razones a través de la distancia.
“Mira, le dices a Fulanito que tal y cual cosa ¿Oíste? ¡Que no se te olvide!
Sí, todavía usamos esa clase de mensaje personal, pero ya no tiene esa premura o importancia. En mi infancia ese recado era sagrado y de alta prioridad, si así me lo permite. Tanto, que el portador apenas si llegaba a dejar las maletas y se encaminaba a dejar el recado. No hacerlo era un agravio. Por supuesto, al portador del recado le faltaban brazos para saludar y dientes para mostrar cuando se anunciaba la llegada del estudiante, o del enfermo recuperado o de la próxima boda. Pero había que verlo cuando anunciaba una desgracia. La misma decisión pero con cautela de cazador, saludos muy lacónicos acompañados de una mueca por sonrisa y buscando al más sereno de los familiares para descargarle la noticia. Situación incómoda del mensajero e innecesaria porque desde que atravesaba el portón ya todo el mundo imaginaba el tenor de la noticia.
El di di da da del marconi o telegrama acortó las distancias. Pero este papelito portó más sustos y penas que alegrías, yo diría que el noventa por ciento de las veces portaba una desgracia. Tan así era, que quien recibía el marconi palidecía y se le bajaba la presión, un correntazo recorría su cuerpo como preparándolo para lo que iba a escuchar. Sí a escuchar, porque el que lo recibía casi nunca lo leía, lo pasaba a otra persona. Cuando el mensajero pasaba corriendo por la acera, con el sombrero y las abarcas en una mano y en la otra el marconi que blandía como trofeo de competencia, todo el mundo se asomaba a la puerta. Usted miraba para el lado contrario y en todas las casas había ojos mirando al corredor, no porque fuera un futuro atleta, sino para saber en qué casa entraba y así poder bajar el tarugo de la garganta. Pero si ese muchacho se paraba y regresaba... ¡Mi madre!
El progreso llegaba y el mensajero ya no iba a pie, podía llevar una bicicleta. Pero igual. El característico Riiin Riiin del timbre causaba el mismo efecto que el celaje del mensajero a pie... digo a las carreras.
El teléfono sí que acortó distancias, personalizó las comunicaciones e hizo más íntimas las noticias nefastas. Ahora los vecinos se enteraban por el llanto y el corre corre del doliente.
Al teléfono hay que bendecirlo en un cincuenta por ciento y maldecirlo en otro cincuenta.
Qué chévere oír: “Entonces mañana, sí a la misma hora, sí, sí en esa esquina”. Pero… ¡Ay mamá! Esas personas chismosas y mala clase cómo lo han aprovechado. “Pero si yo tuve cuidado, por esa esquina no pasan buses y es hasta medio peligrosa ¿Cómo carajo supo esta fiera eso si ella ni siquiera ha salido en estos días? ¿Quién sería la infeliz?
Voy hacer referencia a algo que fue muy interesante pero pocas personas lograron disfrutar: los radioteléfonos y la banda ciudadana (C.B) En ese entonces, años 60 y 70, eran el chat del Internet de hoy.
Usted se conseguía un radio de C.B de cinco vatios de potencia y alcance normal de unos 11 kilómetros y a chatear. Tenían estos radios 12, 24 y hasta 48 canales por donde usted podía entablar comunicación libremente y sin licencia. Eso era muy interesante, se
Usted se conseguía un radio de C.B de cinco vatios de potencia y alcance normal de unos 11 kilómetros y a chatear. Tenían estos radios 12, 24 y hasta 48 canales por donde usted podía entablar comunicación libremente y sin licencia. Eso era muy interesante, se
conocían personas (contactos), se recibían y se aportaban ideas sobre muchos temas de interés general o particular. Pero al igual que el chat del Internet entraban los puercos con sus cochinadas, los mismos vulgares con sus vulgaridades.
El ejército acabó con eso porque los capos de la marimba de aquella época los utilizaban con amplificadores más potentes para llegar a USA.
La Peluquería
En mi niñez escuchaba con frecuencia esta frase: “Motilen a ese muchacho que el pelo lo tiene sonso”. Parece que el muchacho pelú o cabellón se volvía torpe, menso, sordo y olvidadizo. Y como que eso era cierto porque no bien lo habían bajado de la silla después de motilarlo cuando ya estaba haciendo necedades, o sea, se avispaba.
La peluquería era un sitio interesante donde realmente el peluquero era todo un anfitrión.
Solo existía un solo estilo de corte, el tradicional: cabellos cortos con patillas y guardafangos. Tal vez por eso el peluquero tenía tiempo para conversar tanto, eran las personas más conversadoras del mundo. Muchos los tildaban de chismosos pero yo no estoy de acuerdo con eso, porque así como hablaban también tenían la paciencia para escuchar los comentarios de sus clientes. Por supuesto, era el lugar preferido para contar y escuchar todos los rumores del pueblo.
Como en todo negocio se supone que el peluquero a veces ganaba bien y otras no, pero en todo caso siempre tenía al final de la jornada, o durante ella, para una botella de ron. Eran grandes tomadores de trago, que no borrachines, porque a ellos no los emborrachaba nadie.
Eran hombres íntegros, con esposa, hijos y “querías”. Pero además de motilar también afeitaban y para hacerlo cubrían el cuello y la barba del tipo con espumas de rasurar, luego con el dedo índice y pulgar agarraban la nariz del tipo y le echaban la cabeza hacia atrás para poder afeitarlo. Después le pasaban la mano para sentir si había quedado a ras y si quedaba bien le ponían perfume y le daban dos delicadas palmaditas en los cachetes. Creo que de tanto estar sobando pescuezos fue que degeneraron en “locas” ¡Y hay quienes no creen en la evolución!
Pero cosa curiosa, esos lugares eran solo para hombres, nunca vi ahí a una mujer, realmente no sé dónde se arreglaban ellas el cabello, debió ser en la casa.
El reloj
“Reloj, reloj no marques las horas… has esta noche perpetua, para que nunca se vaya de mí, para que nunca amanezca”.
Reloj de sol, reloj de arena, reloj de cuerda, reloj de cuarzo o digital, reloj atómico. Este artefacto sí que ha evolucionado. Reloj de sol para tener idea si era medio día, antes o después. Reloj de arena como para medir un tiempo más corto, por ejemplo, el tiempo para que un reo dijera la verdad o para cumplir la sentencia. Y bastante arena que tiene Egipto. Lo raro es que no apareciera un reloj de agua en Venecia o uno de nieve en Rusia.
Reloj de cuerda para saber la hora en cualquier momento, siempre y cuando no se le olvidara darle cuerda. El reloj de cuarzo porque hay que establecer tiempos más cortos que un suspiro, como batir una marca mundial en atletismo.
Hay garantías tan pendejas como vanidades tan idiotas: ¿Para qué un reloj que funciona perfectamente 400 metros bajo el agua?
Reloj atómico para medir cosas que no vemos pero que supuestamente son así: la vibración de una partícula o la distancia que recorrió la luz. Para mí eso es muy simple: si estoy a oscuras prendo el foco, el tiempo lo resuelve la empresa de energía.
Yo recuerdo el reloj de bolsillo. Los pantalones traían un bolsillo pequeño al frente y se llamaba “relojera” porque era para eso, para guardar el reloj de bolsillo. El caso es que muy pocas personas tenían un reloj de estos. Tenerlo era toda una elegancia. Parecía una caja de “mentolín”, usted hundía un botoncito y se levantaba la tapa mostrando las agujas y en la tapa la foto de su amorcito. Iba asegurado por una cadenita, leontina, cuyo otro extremo se enganchaba a uno de los tirantes para la correa. La cadena era enchapada en oro o de oro.
El reloj de pulsera reemplazó al de bolsillo y se hizo muy popular. Si de verdad usted poseía un reloj fino tenía que ser un suizo, como un Tizot, un Bulova o un Rollex.
Las catedrales e iglesias importantes tenían sus relojes campanarios, cuya hora se veía desde muy lejos desde cada punto cardinal.
En las casas aparecieron los relojes de péndulo que anunciaban la hora con melodiosas campanadas imitando a los de la catedral. Algunos eran tan grandes como un ataúd parado.
Mi esposa heredó uno pequeño marca “Jawaco” que, en la soledad del barrio donde vivíamos, anunciaba la hora a vecinos enfermos y a trasnochadores.
También aparecieron en los hogares los relojes despertadores que desplazaron a los gallos que alertaban a los madrugadores, generalmente viajeros que salían al primer canto del gallo, o al segundo y si la persona tenía mucho sueño… ¡Que se vaya al carajo el bendito gallo! Estos relojes eran también de vital importancia para los veladores de enfermos que tenían que aplicar una medicina a una hora precisa.
Los relojes suizos eran los mejores y los más caros y por eso, en nuestro medio, se convirtieron en blanco preciso de los rateros. Las compraventas o montes de piedad y cantinas eran felices recibiendo estos aparatos. Hoy día ni quieren saber de ellos porque llegó la industria japonesa e inundó el mercado mundial de relojes de pulsera muy baratos, tanto que si se dañaban era mejor botarlos y comprar otro. Esto desgraciadamente acabó con un personaje: el relojero.
Hago un paréntesis aquí, a propósito del reloj, para hacer un comentario: a los monterianos, y todos los de las sabanas de Córdoba y Sucre, se nos llama “corronchos” por aquello del golpeado al hablar, por las abarcas tres puntá y cosas así. A los cartageneros se les tilda de chicaneros y fanfarrones. Siempre se creen muy fuertes y más conquistadores que don Pedro de Heredia. Y a los barranquilleros porque nunca compran un bendito reloj y si lo tienen, nunca dan la hora cuando se les solicita. Tampoco dan una dirección exacta. También fuman y nunca compra fósforos. Es la única parte del mundo donde son felices quitando o intercambiando las placas de nomenclatura o girando los mojones.
Los Velorios
Un muerto siempre ha sido un muerto y si murió hay que enterrarlo. Pero todo aquello que gira alrededor del muerto y su sepelio sí ha cambiado, tanto en la parte espiritual como material, aún entre los parientes más cercanos del difunto.
Hoy día los que pueden, compran su lotecito y cancelan con tiempo su ceremonia funeraria. Los que no podemos, es lo único que dejamos como herencia a nuestros deudos. Sin embargo, nadie quiere ver, ni mucho menos tener, un ataúd.
En mi infancia este artefacto era un mueble más de la casa, tan importante como la cama, pero siempre colgado por allá por el techo. Casi todas las casas tenían uno y los que no tenían con qué, porque también entonces había pobres, le prestaban uno y si no, de algún lado aparecían las cuatro tablas. El muerto se velaba en la casa, donde se levantaba un altar y se le hacían las nueve noches de velorio.
Algo que impactaba sobremanera era el cierre del ataúd, momento en el cual el llanto y los gritos lastimeros alcanzaban el paroxismo cada vez que colocaban un clavo debido a la forma rítmica como el encargado los introducía: tan, tan, tan…tatán.
Recuerdo que si el difunto se había suicidado era enterrado afuera, al lado del cementerio. En la familia, las mujeres guardaban su luto vestidas toda de negro por mucho tiempo. Los varones llevaban una cinta negra en el brazo.
Después del entierro venían las nueve noches de velorio, como lo puede atestiguar Abel Antonio Villa, en su disco “la muerte de Abel Antonio”. Las mujeres en la sala frente al altar y rezando sus rosarios y los hombres afuera, en el patio o en la calle El tabaco o el cigarrillo y el tinto gratis eran dos cosas imprescindibles, aún en las familias más pobres, pues los vecinos colaboraban con eso aunque después ellos mismos lo consumieran. Si la familia tenía plata, hasta comida había esa noche. También habían dos personajes que no podían faltar: el rezandero y el cuentero. El rezandero, hombre o mujer, pero casi siempre hombre, además de saberse todas las oraciones y misterios del santo rosario, debía darle a su voz cierto tono armonioso. El cuentero tenía como fin entretener a los varones contándoles sus mejores chistes y cuentos de velorios. Las risas eran permitidas pero cuando estas se pasaban de nivel, alguna mujer se asomaba por la ventana y pedía que bajaran el tono. Entonces, si el chiste era muy bueno había que reír para dentro. No se si regalaban ron, pero siempre había una botella dando la vuelta al ruedo. El último día había que despedir al muerto y levantar el altar a la media noche.
En mi niñez vivía en Montería un pintoresco personaje conocido como “Chicharrón con Pelo”. Cuando él iba por la calle, algún bribón le gritaba ¡Chicharrón! El pobre señor se paraba en seco, se persignaba, se arrodillaba y maldecía a quien le decía así.
Cuenta mi hermano Lelis que ese señor era un cotizado rezandero que se volvió loco porque una vez le hicieron una broma durante la despedida de un muerto. Él había mandado desalojar la sala para efectuar su ceremonia a oscuras, pero alguien se había escondido debajo de la mesa del altar con un pedazo de hielo. Así que con las manos frías le agarraron los pies y fue tanto el susto que Chicharrón perdió la razón.
Ya hace muchos años desde que yo escribí estos comentarios, tenía entonces 44 y lo hice siguiendo la idea de Jorge Barón, el presentador de televisión, y su libro "Mis primeros 40 años". Ahora se me ha dado la oportunidad de publicarlos. Entonces me he puesto analizar de qué forma tan acelerada avanza la humanidad.
Se apoderan de mí sentimientos diversos. Sí, porque añoro mi niñez, mi adolescencia y mi juventud y por otro lado me gustaría conocer algo de ese futuro tan espectacular que se avizora. Yo doy testimonio de esos dos mundos, alguien que arrancó una yuca, cortó un gajo de plátano o sembró maíz y que ahora se deleita viendo una señal satelital o recibiendo una razón por celular. Cuanto hubiera dado mi generación por tener acceso a Internet. Hoy, por ejemplo, se me había olvidado el nombre del bejuco con que amarraban el maderamen de las casas de palma, di un clic en Internet y me presentaron más de 900.000 consultas en menos de un minuto.
¡Carajo! No sé qué anhelo, si me envolato con el Facebook y mis manos temblorosas no me dejan usar el WhatsApp.
PD: Le invito a leer la segunda parte y por favor, deje su comentario.